Antes hacía todo con fuego.
No es una manera de hablar. Era literal. Entrenaba ardiendo, creaba ardiendo, me levantaba ardiendo. Reventarme el cuerpo hasta que no quedara nada no era disciplina — era combustible que tenía que quemar antes de que me quemara a mí. Me empujaba a los extremos algo que no era voluntad: era rencor, era la necesidad de ser mejor, de demostrar, de volverme tan imparable que nada pudiera volver a tocarme.
Y funcionaba. Esa es la parte que nadie te dice. El dolor es el combustible más eficiente que existe. El fuego no se cansa, no negocia, no te deja parar. Con ese incendio adentro me sentía capaz de todo, imparable, como si pudiera reventar cualquier límite que me pusieran enfrente. Ardía, sí. Pero volaba.
Y el fuego no se apagó solo.
Lo fueron apagando.
La vida me echó cubetada tras cubetada de agua encima, golpe tras golpe, hasta que ese incendio que me hacía imparable empezó a quemar cosas que no debía. Ardiendo crucé líneas que había jurado no cruzar. Pasé límites que me dejaron sin reconocerme, mirándome hacer cosas que el que yo era no habría hecho. Y en algún punto, entre tanta agua y tanto límite cruzado, el motor se rindió. No lo apagué de un día para otro. Se fue ahogando.
Cubetada tras cubetada, hasta que el fuego se fue ahogando.Ahora todo lo hago a media máquina. A veces llego sin energía, hago lo que puedo, me voy. Ya no hay ese impulso que me lanzaba, esa gasolina que me hacía sentir que podía contra el mundo. Solo queda… hacerlo. Normal. Tranquilo. Sin fuego.
Y lo más raro de todo: lo intento reavivar y no puedo.
Busco las melodías que antes eran gasolina, y ya no arden. Invoco los pensamientos que me encendían —el rencor, la herida, la necesidad de venganza— y agarro el fósforo, lo raspo contra esos recuerdos, y no sale chispa. Como querer llorar y que no salga nada. El infierno que antes me obedecía a la primera ahora ni siquiera me contesta. Se apagó tan hondo que ya no sé dónde está el interruptor.
Raspo el fósforo contra los viejos recuerdos. No sale chispa.Y ahí está la pregunta que no me deja en paz.
Porque una parte de mí dice: qué bueno. Ya no te castigas. Ya no te revientas. Ya no necesitas el dolor para moverte. Eso es sanar. Eso es lo que querías.
Pero otra parte, más callada y más honesta, extraña. Extraña esa energía extra que solo daba el fuego, ese plus que no viene de ningún otro lado. Extraña sentirse imparable. Extraña la certeza brutal de estar vivo que solo daba arder. Porque sin ese incendio rindo menos, me muevo más lento, y todo se siente más… tibio. Más gris. Como si me hubieran bajado el volumen a la vida entera.
Y no sé cuál de las dos partes tiene razón.
No sé si perder el fuego fue curarme o apagarme. Si la vida me apagó a golpes, o si fui yo quien tuvo que apagarse para dejar de cruzar líneas que ya no me reconocían. Si esta calma es paz, o solo es lo que queda cuando ya quemaste todo lo que tenías para quemar, incluido a ti mismo.
No sé si un motor que te destruye mientras te impulsa es algo que se celebra perder, o algo que se llora.
Más sano. Menos vivo. Las dos, al mismo tiempo.Sé que estoy más sano. Y sé que me siento menos vivo. Y todavía no encuentro la manera de que esas dos cosas dejen de ser ciertas al mismo tiempo.
Quería el fuego apagado. Lo tengo apagado. Y a veces, a media tarea, sin fuerzas, me sorprendo extrañando al monstruo que me obligaba a dar una más.
No sé si gané o perdí.
Solo sé que ya no ardo.
Y que todavía no aprendo a moverme sin arder.
Lo que arde te empuja, y también te consume. Este escrito vive entre las dos secciones: la pregunta de qué queda de uno cuando el fuego que lo movía por fin se apaga.