Tierra y Alma
El Incendio × El Pensadero

Arder para
no desaparecer

Cuando la realidad se deshace, el fuego es lo único que me recuerda que sigo aquí.

Primero se van las cosas.

Miro un objeto cualquiera —una taza, una puerta, mi propia mano— y por un segundo dejo de saber qué es. No para qué sirve: qué es. La forma sigue ahí, terca, presente, pero el nombre que la sostenía se despega, y debajo no queda nada, solo una cosa muda flotando en el mundo sin ninguna razón de llamarse como se llama. Y en cuanto una se suelta, se sueltan todas. La realidad entera empieza a desprenderse de sus nombres como piel quemada que se levanta sola.

Luego se va el sentido.

Tomo un concepto —cualquiera, el más simple— y lo abro. Y adentro hay otro. Y lo abro. Y adentro otro. Y sigo, y sigo, hasta entender que nunca hay fondo, que todo lo que creía sólido es una torre de palabras apoyadas unas en otras sobre el aire. Empujo una sola y se derrumba entera. Y me quedo mirando el hueco donde estaba el significado, comprendiendo por primera vez lo que nadie debería comprender: que nunca hubo piso. Que todo lo que llamamos real flota sobre algo que no tiene fondo, y que solo no lo vemos porque no nos atrevemos a mirar hacia abajo.

Luego se va el tiempo.

El presente —esto, ahora, este instante exacto— de pronto se vuelve la cosa más absurda del universo. Estar aquí, respirando, ocurriendo, sin haber pedido ocurrir. Como si me hubieran soltado dentro de este segundo sin explicación y sin salida, obligado a existir, mirándolo todo desde adentro sin poder tocarlo. Atrapado en el ahora y expulsado de él a la vez. Viendo mi propia vida pasar detrás de un vidrio empañado que no sé de qué lado estoy.

Y al final me voy yo.

Porque si las cosas no tienen nombre, y el sentido no tiene fondo, y el presente es una jaula sin llave, entonces el que mira todo eso tampoco se salva. La conciencia se voltea a mirarse a sí misma —y no encuentra a nadie. Solo el acto de mirar, girando en el vacío, sin dueño. Digo lo que soy y detrás de las palabras no hay un yo: hay un lugar donde debería estar, y está hueco. Me busco y encuentro el eco de la búsqueda, nada más.

Las cosas, el sentido, el tiempo, yo — todo se desprende de sus nombres.

Y ahí, cuando ya no queda ni el mundo ni el sentido ni el tiempo ni yo, aparece lo que estuvo debajo de todo desde siempre.

Una silueta vieja, sin rostro. De la edad de la eternidad misma. Del tamaño de la existencia entera. Un vacío antiguo que no amenaza, que ni siquiera me mira porque no tiene con qué —solo está, como estuvo siempre, esperando paciente a que se me cayeran los nombres y el tiempo y el yo para mostrarme lo único que había debajo: él. Esa ausencia inmensa y sin cara que susurra, sin voz, que nada de esto bastaba, que ninguna luz alcanzó nunca para llenar tanta sombra. Y entiendo, con un horror que no cabe en el pecho, que siempre estuvo ahí. Que lo real era eso, y lo demás era el decorado que me inventé para no verlo.

Debajo de todo, lo que siempre estuvo esperando.

Una vez la grieta se abrió tanto que del otro lado había una idea que no pensé: la viví. Que quizá todo lo que existe se astilló en pedazos nada más para no estar solo consigo mismo. Que cada conciencia —la mía, la tuya, la de quien lee esto— es una esquirla de algo inmenso que se rompió a propósito para tener con quién no estar a solas. No importa si es cierto. Casi nunca importa si es cierto. Un pensamiento puede sentirse tan firme como el suelo bajo los pies y no ser más que un pensamiento. Pero cuando lo vives en lugar de pensarlo, esa diferencia se borra —y te quedas con la astilla clavada, sin poder sacarla, sin poder dejar de sentirla.

Lo que viene con todo eso no es un miedo con nombre. Los miedos con nombre casi se agradecen: sabes de qué correr. Esto es el vértigo puro de que todo lo que soy podría, en cualquier instante, dejar de significar. Que el suelo donde me paro para ser yo es arena, y basta mirarlo un segundo de más para verlo escurrirse entre los dedos.

Y entonces descubrí lo único que me regresa.

No es la calma. La calma es gasolina. Quieto, la grieta se abre más; en silencio, el vacío sin rostro se acerca. Lo único que me abrocha de vuelta al mundo es lo contrario: la intensidad. El caos. El fuego. El cuerpo llevado tan al límite que el ardor se vuelve incontestable —y algo que no se puede negar es lo más cerca que tengo de algo real. El riesgo. El exceso. Todo lo que quema, porque lo que quema no se deja disolver. Cuando no siento el piso, el dolor me lo devuelve. El fuego me grita, contra toda esa nada, que sigo aquí.

Contra el vacío, lo único incontestable: que algo arde.

Y lo más feo es que en el fondo lo sabía. Que no ardía por rabia ni por venganza ni por nadie. Ardía porque ardiendo me sentía más vivo que en cualquier otra parte. Y esa verdad —que prefería el desastre al vacío porque el desastre al menos se siente— me dio más miedo que la grieta misma.

Por eso el monstruo prefiere quemar. Por eso corrí hasta reventarme, me vacié en las madrugadas, quise destrozar. No era solo rabia. Era que el caos es lo único que me ancla cuando todo en mí amenaza con soltarse. Ardía porque arder era la prueba de que seguía existiendo. Y entre las dos únicas puertas que a veces sentía —arder o desaparecer— siempre, siempre elegí arder. Porque desaparecer es el terror de verdad. El fuego es apenas el terror pequeño. Y el terror pequeño, al menos, tiene la decencia de dejarte sentir el calor.

A veces el ancla no fue fuego. Fue algo. Algo que me ataba a este instante justo cuando todo en mí quería disolverse. Por eso me quedé donde no debía, mucho más de lo que debía —no a pesar de lo que dolía, sino por eso: porque ese hilo era lo único que me sostenía atado al presente cuando el presente se me deshacía en las manos. Y sí, era amor. Pero el amor, para mí, era eso: no un refugio, sino la grieta por donde la conciencia, temblando, alcanzaba a tocarse a sí misma antes de disolverse. Ahí, en ese borde, era donde menos me deshacía.

Y luego, una vez, el ancla fue distinta. Por primera vez encontré una razón de estar que no tenía que quemar. Algo que me hacía querer el presente, quedarme en él, habitarlo sin prenderle fuego para creerlo real. La única ancla que no era incendio. Le creí. Bajé la guardia entera. Dije hasta aquí, por fin, como no lo había dicho jamás. Y fue esa —justo esa, la única que prometía sostenerme sin consumirme— la que más me destrozó. La que juró no quemar, me quemó hasta la raíz. Y me dejó con la peor certeza de todas: que ni siquiera el ancla buena estaba a salvo. Que confiar era otra forma de caer.

Y ahora tengo enfrente una orilla tranquila. Algo sereno, hondo, que no necesita arder para estar. Y me pide, sin saber lo que pide, exactamente lo que ya me costó todo: creer que algo puede sostenerme sin romperme. Pero el caos me ancla y me consume. El ancla buena prometió no consumirme y me destrozó peor. Y la calma me pide confiar de nuevo en lo mismo que ya me tiró al piso una vez. Por eso la calma no se siente a salvo. Se siente como la trampa exacta que ya conozco.

Todo a la vez, en la misma mesa. Sin ordenarlo. Sin apagarlo.

Y aquí es donde el texto debería cerrar. Donde uno espera la vuelta de tuerca: que entendí algo, que le encontré el sentido, que después de escribir todo esto por fin estoy un poco mejor. Donde debería decir que hay una salida, y señalarla.

Pero no la hay. Todavía no. Y mentir con un final bonito sería traicionar lo único que este texto tiene: que es cierto.

No resolví nada. No até ningún cabo. Solo los saqué, por una vez, del lugar oscuro donde viven, y los dejé aquí, a la luz, latiendo. La grieta sigue abierta. El vacío sin rostro sigue debajo. El fuego sigue esperando, paciente, por si algún día vuelvo a necesitarlo para creerme real.

Y en medio de todo eso, solo estoy yo. Mirando hacia abajo. Sin nombres, sin tiempo, sin certezas. Sosteniéndome apenas del acto de escribir esto —de ponerle palabras a lo que no las tiene— como quien se agarra del borde de un pozo con las dos manos, sabiendo que las palabras también, tarde o temprano, se deshacen.

Pero por ahora aguantan.

Por ahora escribo.

Y mientras escribo, no me disuelvo.

Entre El Incendio y El Pensadero

Aquí se juntan todos los hilos: la grieta, el fuego, los anclajes, la calma que no sé tocar. El fuego que arde y la mente que lo mira arder — en el mismo lugar, por primera vez.