Hubo un día en que algo se prendió adentro y ya no se apagó.
No fue tristeza. La tristeza al menos se sienta contigo, te deja llorar, te deja quieto. Esto no. Esto era un motor encendido a medianoche sin ningún lugar a dónde ir. Un incendio que no calentaba: solo quemaba. La certeza de que todo lo que fui no había alcanzado. De haber apostado entero y perderlo. Y quedarme del otro lado del espejo, mirándome arder.
Y el cuerpo no soportaba estar quieto.
Así que me levantaba antes que el sol y corría. Corría hasta que las piernas ardían más que el pecho, porque por un rato era más fácil aguantar el ardor de afuera que el de adentro. Subía los cerros en la madrugada, en lo oscuro, buscando la cima como si allá arriba fuera a poder dejar algo. Nunca dejé nada. El infierno subía conmigo, a mi paso, sin cansarse.
Subía buscando la cima. El infierno subía conmigo.Horas de mover el cuerpo hasta que no quedara nada. Sudar como si pudiera sudar la rabia. Reventarme para llegar a la noche tan vacío que el pensamiento no tuviera con qué morderme. Y a veces funcionaba: una hora, dos. Hasta que me detenía. Y en cuanto me detenía, ahí estaba otra vez, intacto, esperándome.
Puedes cansar el cuerpo.
Al infierno no.
De noche era otra forma de lo mismo. Amanecerla donde fuera, con quien fuera, llenar el silencio de ruido para no oírlo. Buscar en cualquier parte algo que llenara el silencio, para no oír lo que faltaba. Cruzar excesos que había jurado no cruzar, nada más para sentir algo distinto al hueco. Y siempre lo mismo al final: más vacío que antes, con la resaca del cuerpo y la del alma encima.
Quería comerme el mundo. Tragármelo entero para llenar el hoyo que dejó sentir que no había sido suficiente. Y el mundo no cabía. Nada cabía. Metía y metía y el hueco seguía igual de hondo, sin fondo, como si lo único que de verdad lo llenara fuera lo único que ya no iba a tener.
Metía el mundo entero. El hueco seguía igual de hondo.Así, todos los días. Levantarme ardiendo. Correr para no arder. Subir para dejar el peso arriba. Reventarme de día, reventarme la madrugada. Y volver a empezar, porque el infierno amanecía conmigo, descansado, listo para otra vuelta.
No lo cansé nunca.
Ni una vez.
Pero seguí vivo. Eso también es cierto, aunque entonces no se sintiera como triunfo. Cada madrugada que subí el cerro fue, sin que yo lo supiera, una forma torpe de decir que todavía quería estar. Que aunque ardiera, seguía eligiendo levantarme. Que el cuerpo, moviéndose hasta el límite, era lo único que me sostenía de pie cuando todo lo demás se había caído.
No era sano. No era paz. Era un hombre corriendo de un incendio que llevaba adentro, sin saber todavía que del fuego no se corre — que un día, cansado de huir, iba a tener que sentarme frente a él y aprender a apagarlo despacio, sin reventarme.
Pero eso fue después.
Lo que arde y no cierra. Escritos desde adentro del fuego — no para quedarse ahí, sino para poder nombrarlo y, algún día, aprender a apagarlo despacio.
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