Llegó sin incendiar nada. Esa fue la primera cosa que no supe leer.
Toda mi vida aprendí a reconocer lo que sentía por cómo ardía por dentro. Si me quitaba el sueño, era verdad. Si temblaba, era verdad. Confundí la intensidad con la certeza, y demasiadas veces el miedo con el amor.
La Magia era real, y frágil, y solo sabía existir si la abrazaba sin miedo. Pero la abracé con las manos temblando, temiendo fallarle en cada gesto, hasta que ese temblor se volvió un ruido que no callaba — y de tanto crecer, quebró lo único que quería sostener entero. El Amor fue mi lealtad, mi gran amor; y por no soltarlo, dejé de creer en lo que ya vivía en mis manos. Después llegó la Penitencia, como llega toda cuenta: algo tan partido como yo lo había estado, un espejo que me quería de vuelta sin poder elegirme completo. En ese reflejo aprendí, por fin, lo que es tener miedo de amar.
De todo eso salí con una certeza torcida: que sé sobrevivir al fuego, pero que soy capaz de romper lo bueno. Que basta con que algo me importe de verdad para que, tarde o temprano, encuentre la manera de fallarlo. Aprendí a atravesar tormentas — y a desconfiar de la calma, porque la última vez que tuve algo sereno en las manos, lo dejé caer.
Porque esta vez llegó distinto. Sin tormenta. Sin arena que me ciegue. Una presencia tranquila, honda, segura de sí misma — de esas que no necesitan arder para estar. La que en algún rincón siempre sentí que debía encontrar, y que nunca se dio, hasta ahora. Y en lugar de calma, lo primero que sentí fue miedo.
Porque hay algo viejo aquí adentro que despierta justo cuando algo bueno se acerca. Una voz que conozco de memoria. La que dice: rompe tú primero. La que prefiere prender el cerillo a esperar el golpe. La que, apenas huele que podría importarme, ya me está diciendo que voy a fallarle, que es solo cuestión de tiempo, y que mejor rompo yo ahora, antes de repetir lo que ya rompí una vez.
No porque haya pasado nada. Al monstruo no le hacen falta pruebas. Le basta con que me importe.
Y viene de lejos, este miedo. De la última vez que tuve algo bueno y frágil, y lo dejé caer. De haber aprendido que soy capaz de lastimar justo lo que más quiero cuidar. El monstruo no es cruel porque sí — es un guardia asustado que ya vio caer algo hermoso por su culpa, y ahora prefiere romper él, a solas, antes que arriesgarse a fallar otra vez.
Mi fuego cae sobre su calma — y su calma lo apaga, sin romperse.Y aquí es donde me detengo a mirarlo. Porque ya viví algo así. Ya estuve parado en medio, tratando de sostener lo que no se deja sostener, partiéndome por ser justo con todos menos conmigo. Y sé cómo termina cuando dejo que el monstruo lleve el timón: termino en cenizas, con la certeza de haber sido yo quien prendió el fósforo.
Pero saber cómo termina no es lo mismo que saber qué hacer.
Porque esta vez el mapa no sirve. Con la Magia tuve algo bueno y frágil, y no supe creer en ella — el temblor de fallarle terminó rompiéndola. El Amor me enseñó a quedarme por lealtad, hasta partirme. Y con la Penitencia sí supe creer: entregué todo, dije hasta aquí, dejé de correr por fin. Y fue justo ahí, con la guardia abajo, creyendo con todo, donde todo lo que fui y todo lo que había destruido regresó a cobrarme — me rompió y me tiró al piso. Por eso esto que tengo enfrente no me pide navegar ninguna tormenta ni sostener ninguna lealtad imposible. Me pide lo único que ya me costó todo: volver a creer. Y no tengo cicatriz que me diga cómo hacerlo sin terminar tirado otra vez.
Estoy otra vez en medio.
Pero ya no partido entre dos que amé.
Esta vez es entre el fuego que conozco de sobra y una orilla tranquila que no sé si merezco, si quiero, o si voy a agitar apenas la toque.
Detrás, lo que me trajo aquí. Adelante, algo que no sé caminar.Y no sé qué hacer con eso.
No sé si quedarme es valentía o si irme es protegerme.
No sé si la calma es lo que siempre busqué
o lo único que nunca aprendí a habitar.
Sé demasiado del fuego. Y casi nada de las aguas quietas. Y por primera vez no hay tormenta que me diga hacia dónde. Solo yo, en medio, con todos los caminos abiertos y ninguno encendido para señalarme el paso.
Una luz que sube, se detiene, y no termina de romper.A veces el fuego y la calma se piensan al mismo tiempo. Este escrito vive en las dos secciones — empieza ardiendo y termina, sin resolverse, en agua quieta.