Tierra y Alma
El Incendio · lo que no quiere ser mirado

El pensamiento
que no cierra

No lo pongas en la mesa para verlo con calma. Este no quiere ser mirado.

Empieza con algo pequeño. Siempre empieza con algo pequeño.

Hago las cosas bien y no sale. Lo hice bien. Reviso qué hice mal y no encuentro nada, y eso es peor, porque si hubiera algo mal podría arreglarlo. Pero no hay nada que arreglar. Hice todo bien y no salió. Otra vez. Y si lo hice bien y no salió, entonces hacerlo bien no sirve, y si hacerlo bien no sirve, entonces para qué, y si para qué, entonces qué caso tiene levantarse mañana a hacerlo bien otra vez.

Otra vez.

Ahí está la palabra. Otra vez. La cuenta que nunca cuadra. Reviso lo que ya revisé. Cierro puertas que ya había cerrado y vuelvo a jalar la manija para confirmar que están cerradas, y siguen cerradas, y aun así vuelvo. Cuento los pasos y no suman lo correcto. Los cuento de nuevo. No suman.

Reviso lo que ya revisé. Y vuelvo. Y no cierra.

Y en algún punto el pensamiento deja de girar sobre lo que no salió y empieza a girar sobre el gris. Todo gris. El camino bueno gris, el malo gris. Y si todo es gris, entonces el gris no es el cansancio, el gris es lo cierto, el gris es el fondo, y el color era el truco, la mentirita que me cuento para creer que mañana. Que mañana. Que mañana algo.

Y si todo es gris de todos modos.

Ahí llega. Ahí siempre llega. Si todo es gris de todos modos, entonces déjame prender algo, porque el fuego tiene color, el fuego arde, el fuego por un segundo no está apagado. Y el pensamiento se agarra de eso y no lo suelta. Lo repite. Prender algo. Romper algo. Y no cualquier cosa: lo mío, lo que me importa, porque si lo rompo yo primero entonces fui yo, entonces gané, entonces nadie me lo quitó, me lo quité yo.

El fuego tiene color. Por eso miente tan bien.
Me lo quité yo.
Golpear primero duele menos.
Golpear primero duele menos.
Golpear primero —

y ahí una voz de muy abajo dice que no, que golpear primero duele igual, que solo le agregas la culpa de haber prendido tú el cerillo. Y la escucho. Y por un segundo el giro se afloja.

Y vuelve a apretar.

Porque el problema no era el gris. El problema es que lo siento todo y no cabe. No cabe. Se desborda por los bordes y no tengo dónde ponerlo, y lo que se desborda hay que tirarlo contra algo, contra la pared, contra lo que sea, nada más para que haya un ruido afuera tan fuerte como el de adentro, para que por fin el afuera esté tan roto como yo.

Y ya lo hice antes. El pensamiento me lo recuerda como si fuera nuevo. Ya toqué el fondo con los nudillos para confirmar que seguía vivo. Y en el fondo había más gris. El mismo gris. Con escombros míos encima.

El mismo gris.
Con escombros míos encima.

El fuego no te saca del gris. Te deja en el mismo gris, quemado.

Lo repito porque el pensamiento no lo suelta, porque no cierra, porque un pensamiento así no cierra nunca, solo se cansa. Da la vuelta completa y regresa al principio a esperar respuestas distintas a las mismas preguntas, y no llegan, y las vuelve a hacer, y no llegan.

Hago las cosas bien y no sale.
Otra vez.

Y en algún punto —no porque lo resuelva, sino porque ya no me quedan vueltas— el giro se hace lento. Sigue ahí. No se apaga. Solo se cansa lo suficiente para dejarme dormir. Y mañana, si tengo suerte, arranca más despacio. Y si no, empieza otra vez con algo pequeño.
El Incendio

El reverso del Pensadero. Aquí el pensamiento no se saca para mirarlo con calma — es el que no se deja mirar, el que gira y arde y no cierra. Se escribe para sacarlo sin prenderle fuego a nada.

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