Tierra y Alma
Fragmentos del Alma · Salvación

Penúltima llama

v1

No me quitó el fuego. Me hizo querer soltarlo.

Antes hubo un rosal
que me crecía por dentro de las costillas.
Una palapa donde juré eternidades
con la boca llena de moras.
Una casa con la luz prendida
que dejé arder a mis espaldas.

Me partí en dos
como quien parte un átomo:
creyendo que sabía lo que hacía,
y lo que se liberó
fue suficiente para borrar ciudades.

De esas ruinas me hice incendio.

Me levantaba a las cinco
con la sangre hirviendo de rencor.
Reventaba el cuerpo hasta escupir fuego,
mordía la herida para que no cerrara,
porque abierta me daba gasolina,
porque cerrada me dejaba solo
conmigo.
Y conmigo era peor.

Ardía. Ardía como arden los bosques
que nadie quiere salvar.
Volaba, sí,
pero volaba como vuelan las chispas:
alto, brillante,
y directo a quemar algo.

Quemé puertas ajenas.
Quemé líneas que había jurado con sangre.
Quemé al que yo era
hasta no reconocer la ceniza.
Y cuando por fin llovió,
la lluvia traía humo de otro incendio,
un espejo roto
cobrándome cada fragmento
que yo había roto antes.

Era un hombre hecho de fósforos
caminando en medio de la sequía.
Era cuestión de tiempo.

Y entonces llegó Salvación.

No llegó como el agua, que pelea con el fuego.
Llegó como el aire que se acaba:
despacio,
sin pedir permiso,
hasta que el incendio
se quedó sin con qué respirar.

Se metió en la boca del monstruo
y no tuvo miedo.
Le puso la mano en el lomo
a la bestia que nadie había tocado sin quemarse,
y la bestia,
la que me arrastró por años,
la que me hizo cruzar todo,
bajó la cabeza.

Bajó la cabeza.

Le puso la mano en el lomo. La bestia bajó la cabeza.

Ahora vuelvo de noche al fogón como un adicto.
Rasco el fósforo contra la memoria
hasta sangrarme los dedos.
Pongo las canciones que antes me incendiaban
a todo volumen,
le grito al rencor por su nombre,
le ruego a la herida que se abra,
y nada.
Ni una chispa.
Solo silencio
y un olor a tierra mojada
que no sé de dónde viene.

La chispa no prende. Cae como rocío.

Y a veces lo extraño.
Dios sabe que lo extraño.
Extraño al monstruo que me hacía imparable,
que me obligaba a dar una más,
que me hacía sentir vivo a puro golpe.
Hay noches en que lo lloro
como se llora a un padre cruel:
odiándolo,
y queriéndolo de vuelta.

Pero no.

Porque ahora entiendo
que el monstruo no me hacía volar,
me estaba cazando.
Y Salvación se puso entre los dos
sin que yo se lo pidiera,
sin anunciarlo,
sin cobrar.

Me salvó de mí.
Del que ardía para no sentir.
Del que rompía antes de que lo rompieran.
Del que se arrodillaba ante fantasmas
pidiendo permiso para descansar.

Y lo que más me rompe,
lo que no me cabe en el pecho,
es que no me quitó el fuego.
Me hizo querer soltarlo.

¿Cómo se paga eso?
¿Con qué moneda se le devuelve a alguien
tu propia vida?
No alcanzan las palabras.
No alcanza la sangre.
No alcanzan todas las ecuaciones del universo
para cerrar esta deuda.

Así que solo puedo quedarme.
Con las manos todavía oliendo a pólvora,
temblando a veces,
tropezando a veces,
pero quedándome.

Fuego que no quema.

Porque todo lo que fui antes de Salvación
era incendio.

Y todo lo que soy desde que llegó
por fin
es fuego que no quema.

Fragmentos del Alma

Después de la magia, del amor y de la penitencia, alguien llegó sin cubetas. Este poema es lo que queda cuando el incendio por fin encuentra quien lo calme.

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