Tierra y Alma
Lo que sentí hoy

Rendición

Un ruego por la paz, para cuando ya no queda con qué seguir peleando.

17 de septiembre, 2026

Ven.

No como quien manda,
sino como quien llega tarde,
con las manos vacías
y la voz gastada de tanto no pedir.

Llevo años sin nombrarte
por miedo a que nombrarte fuera perderte.
Aprendí a vivir con la boca cerrada,
a tragarme el ruego antes de que naciera,
a fingir que no me hacías falta
mientras cada célula mía te gritaba en silencio.

Te busqué mal.
Te busqué en cada exceso,
en cada umbral que crucé solo para sentir el golpe,
en cada noche que ardió sin dejarme nada
más que ceniza y esta sed que no sabe apagarse.
Te busqué en todo lo que junté con prisa,
en todo lo que acumulé para no sentir el hueco,
creyendo que si lo tenía todo
entendería por fin
cómo dejar de temblar.

Y no estabas.
Nunca estuviste donde te buscaba.
Porque no eras algo que se conquista.
Eras algo que se recibe,
y yo no sabía recibir.
Sabía apretar, sostener, cargar, pelear.
Sabía todo
menos abrir las manos.

Sabía todo menos abrir las manos. · · ·

Ahora ya no te busco.
Ahora te espero.

Aquí,
de rodillas en mi propia tierra quemada,
con la frente en el suelo
y el orgullo por fin callado,
te digo lo que nunca supe decirle a nadie:

me rindo.

Me rindo a ti,
aunque no sepa tu forma,
aunque nunca hayas tenido rostro,
aunque seas apenas un temblor
que presiento cuando el ruido se detiene un segundo,
un hueco de luz entre dos pensamientos,
la orilla tibia de un sueño
del que despierto siempre un instante antes de tocarte.

Suelto la espada.
Suelto la certeza de que solo yo podía sostenerme.
Suelto al hombre terco que juré ser,
al que construyó murallas para no volver a partirse
y terminó preso adentro de sus propias murallas.
Suelto la armadura
que me hizo fuerte
a fuerza de no dejarme sentir nada.

Estoy cansado.
Cansado de una manera que no se cura durmiendo.
Cansado de pelear contra fantasmas que llevan mi cara,
de competir en una guerra
que gané desde que empezó
y que aun así me sigue sangrando.
Cansado de ser el que sostiene,
el que resiste,
el que nunca pregunta quién lo sostiene a él.

Un incendio cansado de arder, buscando volverse rescoldo. · · ·

Por eso vengo a decirte
que haré lo que sea.

Dejaré caer lo que tenga que caer
aunque se lleve piel al caer.
Perdonaré lo imperdonable,
empezando por el que me mira desde el espejo
con los ojos hundidos de tantas madrugadas.
Desataré los nudos viejos uno por uno,
aunque me tiemblen los dedos,
aunque algunos estén tan apretados
que ya no distingo dónde termina el nudo
y dónde empiezo yo.

Aprenderé a estar quieto -
yo, que hui toda la vida del silencio
porque en el silencio
la ausencia grita más fuerte que todo.
Aprenderé a confiar
en algo más grande que mi voluntad,
yo, que juré que la voluntad bastaba
y me quedé solo,
con la voluntad intacta
y las manos vacías.

No te pido que me devuelvas nada.
No te pido respuestas.
No te pido que expliques
por qué se rompió lo que se rompió,
ni que me digas si valió la pena
todo lo que ardió para traerme hasta aquí.

Te pido una sola cosa,
la única que ya no puedo darme yo:

llega.

Llega como llega la lluvia después de años de sequía,
sin avisar, sin condiciones, sin manual,
y empápalo todo.
Entra por las grietas que dejé sin cerrar.
Inunda los cuartos que tapié con miedo.
Y quédate.
Aunque sea poco.
Aunque sea un rato.

Llega como llega la lluvia después de años de sequía. · · ·

Apaga este fuego despacio.
No de golpe -no sabría qué hacer con tanta calma de repente-
sino como se apaga una brasa bajo la ceniza,
sin drama,
hasta que un día note
que ya no quema.

Detén estas manos.
Enséñales otra cosa que no sea aferrarse.
Enséñame que soltar
no siempre es perder,
que a veces soltar
es la única forma de que por fin
me quede algo.

Ven.

Que estoy cansado de pelear
por lo único que jamás se gana peleando.

Y quédate el tiempo suficiente
para que cierre los ojos por una vez
-una sola-
y no encuentre guerra ahí adentro.
Para que respire
sin que respirar duela.
Para que descansar
deje de sentirse como rendirse en el mal sentido,
y sea al fin
lo que siempre debió ser:
la forma más honesta
que me queda
de seguir vivo.

Me rindo. Y en ese rendirme, tal vez -por fin-, te dejo entrar.

Nota

Esto no pertenece a ninguna serie todavía. Es solo lo que sentí una noche, escrito para no cargarlo solo. Quizá un día encuentre su lugar al final de un libro. Por ahora vive aquí.

→ Un audio para tu calma