Hoy se cumple una vuelta entera
desde que abrí la mano
y te dejé cruzar.
No te fuiste sola.
Te quedaste en el borde,
terca como siempre,
esperando a que yo dijera
que podía seguir sin ti,
aunque fuera mentira.
Y solo cuando lo dije,
soltaste.
Hasta para irte
esperaste mi permiso.
Llegó una llama nueva a la casa.
Más chica, más inquieta,
puro fuego sin domar.
La quiero.
No vino a ocupar tu esquina:
vino a enseñarme
que un pecho roto
todavía guarda sitio.
Pero es distinta.
Y en las noches
sigo buscando ese peso tibio
que ya no llega,
y ese idioma que jamás
necesitó palabras:
una mirada tuya,
y los dos ya sabíamos.
Nadie ha vuelto a entenderme
en ese silencio.
Hay una puerta
a la que llevo un año tocando.
Quería que al cruzarla
me dejaras una rendija de luz,
una señal de que del otro lado
hay algo,
de que no todo se apaga
cuando se apaga.
Y la puerta sigue cerrada.
No sé qué hay detrás.
Y a veces eso pesa
más que tu falta:
no extrañarte,
no saber.
No sé qué vino a enseñarme
que te fueras.
Todavía no.
Pero sé lo que me enseñó
que llegaras:
a querer sin condición,
a quedarme,
a entender sin hablar,
a esperar a que el otro esté listo,
y a soltar
cuando amar se vuelve soltar.
Quizá el sentido nunca estuvo
en la puerta que se cierra,
sino en la que un día se abrió
para dejarte entrar.
Y si al final resulta
que sí había algo más allá,
que sí volvemos a encontrarnos,
no te preocupes por llamarme.
No hará falta.
Voy a reconocerte
con una sola mirada.
Como siempre.
Ángeles es una serie sobre los seres que llegaron a cuidarme y ahora me cuidan desde el otro lado del umbral. Los que se quedan, aunque se hayan ido.
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