Si tuviera que hacer una lista de las frases que más he escuchado desde que soy instructora de yoga, probablemente la primera sería esta.
Al principio me sorprendía escucharla tan seguido. Con el tiempo entendí que no era una casualidad. Muchas personas realmente creen que la flexibilidad es un requisito para comenzar a practicar yoga. Y, siendo honestos, no es difícil entender por qué.
Durante años hemos visto imágenes de posturas impresionantes que parecen reservadas para personas con una movilidad extraordinaria. Es fácil pensar que eso representa al yoga y concluir que primero hay que preparar el cuerpo antes de atreverse a entrar a una clase.
Sin embargo, la realidad que he visto durante todos estos años ha sido completamente distinta.
He conocido personas de todas las edades y con historias muy diferentes. Algunas llegaban convencidas de que el yoga no era para ellas. Otras se disculpaban antes de empezar la clase porque no podían tocar la punta de sus pies. Incluso había quienes sentían vergüenza de moverse frente a los demás porque pensaban que su cuerpo no era "el adecuado" para practicar.
Y nunca he sentido que ese fuera el verdadero problema.
Con el paso de las clases ocurre algo muy interesante. La conversación deja de girar alrededor de la flexibilidad. Poco a poco, cada persona empieza a descubrir su propio cuerpo sin compararlo con el de alguien más. Comprenden que una postura no vale más porque se vea más bonita y que avanzar no siempre significa llegar más lejos.
Esa, para mí, es una de las enseñanzas más importantes del yoga.
Hay días en los que el cuerpo responde con facilidad y otros en los que necesita ir más despacio. Hay momentos en los que una postura resulta sencilla y otros en los que la misma postura se siente completamente distinta. Aprender a respetar esos cambios también forma parte de la práctica.
Con el tiempo dejé de intentar convencer a las personas de que sí podían hacer yoga. Descubrí que las palabras tienen un alcance limitado. Prefiero invitarlas a vivir la experiencia, porque el yoga se comprende mucho mejor cuando se practica que cuando alguien intenta explicarlo.
La flexibilidad puede aparecer con los meses. O puede no hacerlo de la forma en que imaginabas. Pero, curiosamente, eso termina siendo lo menos importante.
Lo que sí suele cambiar es la manera en la que comienzas a tratarte.
Aprendes a escuchar tu cuerpo con más paciencia, a reconocer sus límites sin sentir que has fallado y a valorar todo lo que sí puede hacer, en lugar de concentrarte únicamente en lo que todavía no consigue.
Por eso, si alguna vez has pensado que el yoga no es para ti porque no eres flexible, me gustaría decirte algo que he aprendido acompañando a muchas personas: no necesitas llegar siendo diferente para comenzar. Puedes hacerlo exactamente con el cuerpo que tienes hoy.
Quizá el yoga no cambie tu cuerpo de un día para otro.
Pero puede cambiar la forma en la que te relacionas con él.
Y, a veces, ese es el cambio que más necesitamos.