Sincronía
Así como el Mar toca la orilla, suave y con un ritmo casi constante, desde cierta distancia siempre parece predecible, quizá por esa manera suya de tener un ritmo propio, aunque nunca exactamente de la misma manera. Siempre presente, siempre constante; aunque no se nota de inmediato hay en él una profundidad que no se alcanza a ver desde la superficie. Esa mezcla extraña entre movimiento y permanencia lo hace hipnótico. Esa forma de avanzar sin dejar de volver, de cambiar sin perder aquello que lo hace reconocible, de encontrar una y otra vez un ritmo que no necesita ser idéntico para seguir siendo propio. Ese movimiento cuando una ola se encuentra con la otra, ahí donde se mezclan por un instante en esa posibilidad de coincidir, de fluir, de sincronizarse.
Así es como te reconozco. En ti encuentro una inquietud que nunca parece quedarse quieta, una curiosidad que siempre encuentra algo más allá. Otra pregunta, otra posibilidad, algo nuevo que mirar, aprender que descubrir. Una idea lleva a otra, una conversación puede cambiar de dirección sin perderse, una pregunta abre otra y algo que todavía no termina de tomar forma encuentra espacio para crecer. Podemos hablar durante horas y, de alguna manera, siempre parece quedar algo más.
Algo más lejos; hacia lo que no sabemos, hacia lo que imaginamos, hacia esos lugares que no vemos, pero que podemos empezar a recorrer con la intuición. Hacia esos lugares que aparecen también mientras dormimos; los que se esconden detrás de una imagen, de un símbolo, del lenguaje, de una sensación que permanece un poco más de lo esperado, o incluso a través de lo que no se dice. Te encuentro también en esa curiosidad por mirar un poco más profundo y por no conformarte siempre con la misma respuesta, por dejar que una pregunta permanezca abierta el tiempo suficiente para descubrir qué más puede contener.
Sintonía
Existe entre nosotras una forma de reconocernos que no siempre necesita palabras. Como si hubiera momentos en los que sabes que algo está pasando antes de que encuentre la forma de ser dicho. Notas cuando algo cambia, cuando necesito espacio y cuando necesito compañía te acercas sin invadir.
Hay espacios donde se manifiesta primero la telepática intuición y después se encuentran las palabras. Pequeñas señales que no pasan desapercibidas entre nosotras que encuentran una especie de eco.
Llegar contigo aun cuando no me sienta bien; llegar como llegué. Con las cosas todavía desordenadas, con alguna parte de mí cansada, con aquello que duele y que aún no encuentra dónde acomodarse. Con la libertad de simplemente estar, de no convertirme en nada.
Tú conoces esas partes. Las que hablan, las que se contradicen, las que tienen miedo, las que todavía están aprendiendo a vivir con ciertas ausencias, pero también las que vuelven a tener ganas, las que se entusiasman, las que quieren hacer planes, las que vuelven a mirar hacia adelante, aunque todavía exista algo atrás que duele, que quema.
Quizá una de las cosas que más valoro es que nunca has necesitado que una sola de esas partes desaparezca para poder acompañarme en las otras. Puedes celebrar conmigo lo que vuelve a crecer sin olvidar aquello que todavía duele. Puedes escucharme cuando necesito hablar y también compartir conmigo cuando simplemente necesito que el mundo siga siendo un poco más ligero.
Hay algo profundamente generoso en eso, en cuidar sin hacer del cuidado una deuda. En estar pendiente sin hacer sentir que estoy siendo observada, en recordar cosas pequeñas, en preguntar, en aparecer, en dejar una puerta abierta sin hacer ruido. Y, sobre todo, en haber sabido permanecer cerca mientras yo misma aprendía qué hacer con todo lo que había cambiado.
Porque hay pérdidas que no solamente dejan un vacío. También cambian la forma en que una mira su propia vida. Hay días en los que una no sabe muy bien qué hacer con las horas. Otros en los que algo vuelve a tener sentido por unos minutos. Y luego vuelve a cambiar. Y en medio de todo eso, has estado.
No para apresurar nada, no para convertir el dolor en una lección. No para encontrar palabras bonitas donde no las había; simplemente estando.
Y eso, aunque parezca sencillo, no lo es. Porque hay formas de compañía que hacen ruido, y hay otras que se vuelven parte del paisaje. De esas que un día descubres que ya están ahí, como si siempre hubieran sabido dónde quedarse.
Por eso siempre vuelvo al Mar.
A esa manera suya de permanecer en movimiento sin dejar de ser profundo. A esa superficie que cambia con la luz, con el viento, con cada ola, mientras debajo permanece algo que no necesita mostrarse para existir.
Profunda sin hacer ruido.
En movimiento sin perderte.
Presente sin detener nada.
Como el Mar cuando parece que simplemente vuelve a la orilla, una y otra vez, y aun así nunca vuelve siendo exactamente el mismo.
En ese lugar donde el movimiento y la profundidad pueden existir al mismo tiempo.
Donde no hace falta detenerse para permanecer.
Donde coincidir puede ser suficiente.
Y donde, incluso después de todo, siempre parece haber un poco más de Mar por descubrir.