Para mamá

A la mujer que me enseñó a quedarme

una historia que comenzó antes de las palabras

Hay historias que comienzan antes de que podamos recordarlas. La nuestra comenzó cuando tú todavía eras demasiado joven para saber todo lo que iba a significar mi presencia en tu vida.

Quizá no sabías cómo nombrar aquello que comenzaba a crecer dentro de ti, ni cómo explicarle al mundo que una nueva vida venía en camino. Creo que ninguna de las dos sabía entonces qué nos esperaba.

Antes de que mis ojos conocieran la luz,

ya había una voz mía que llegaba hasta ti.

Un llanto pequeño, perdido en la oscuridad de tu vientre,

que tú escuchabas como quien reconoce aquel sonido,

la voz de alguien que ya ama.

Aquel primer encuentro habría de acompañarnos durante toda la vida. Así llegué a ti...

Llegué en medio de una travesía que todavía estaba aprendiendo a sostenerse, cuando muchas cosas tenían que encontrar su lugar mientras seguían sucediendo.

Y fuimos tú y yo. Durante un tiempo, solamente tú y yo.

Quizá por eso hay algo de ti que vive en mí de una manera que no sé explicar. Algo que comenzó mucho antes de las palabras, antes de los recuerdos, antes incluso de que pudiéramos entender qué significaba pertenecernos.

Tú intentando enseñarme a crecer mientras la vida también te enseñaba a ti.Y yo, sin comprender todavía tantas cosas, aprendiendo a reconocer tus silencios, tus cansancios, tus maneras de seguir.

Crecimos juntas de una manera extraña. Tú aprendiendo a ser madre. Yo aprendiendo a ser hija. Y, en medio de todo eso, algunas veces los lugares se confundían.

Mi niña...

Entonces se mostró el silencio, una silla que nadie ocupaba, una memoria que llegaba sin avisar.

Un dolor vacío

que los años pudieron rodear,

pero nunca borrar.

Hubo días en los que necesitaba que me cuidaras y otros en los que, sin saber como, encontraba la manera de permanecer cerca de ti. Hubo momentos en los que simplemente quería ser pequeña, aunque la vida me hubiera enseñado demasiado pronto a mirar ciertas cosas con ojos más grandes.

Quizá por eso nuestra historia nunca ha sido sencilla. Porque te amo profundamente y, al mismo tiempo, hay recuerdos que todavía tienen peso.

Hay cosas que agradezco. Hay cosas que me dolieron. Hay palabras que nunca dijimos.

Y también están todas esas veces en las que simplemente estuvimos.

De alguna manera, estuvimos.

Con el tiempo, la vida comenzó a hacerse más grande. Aparecieron nuevas voces, nuevos afectos, nuevas formas de llamarnos, y aquella pequeña historia que durante un tiempo había sido solamente nuestra comenzó a abrirse hacia algo más amplio.

Mientras el mundo alrededor de nosotras cambiaba, fui encontrando mi propio lugar dentro de todo aquello. No siempre supe dónde estaba. A veces simplemente como alguien que permanecía, a veces corriendo a la deriva...

Hay vínculos que no se construyen solamente en los momentos fáciles. Se forman también en aquello que no sabemos decir, en las temporadas que nos ponen a prueba, en las ocasiones que necesitamos alejarnos un poco para poder volver a mirarnos.

Durante mucho tiempo pude mirarte solamente desde el lugar de hija; con mis preguntas, con mis necesidades y con todo aquello que alguna vez me lastimó.

Pero crecer también ha significado aprender a mirarte de otra manera. No solamente como la mujer que me dio la vida, sino como la mujer que también tuvo que descubrir la suya.

La mujer que tuvo sus propios sueños, sus propios miedos, sus contradicciones y sus heridas; la mujer que también estaba aprendiendo.

Y quizá eso sea una de las cosas más maravillosas de crecer: descubrir que quienes nos dieron la vida también estaban intentando entender la propia.

Que detrás de cada decisión existía una historia, que detrás de algunos silencios podían existir palabras que simplemente no habían encontrado todavía la manera de salir.

Y entonces algo cambia.No porque el pasado deje de existir, sino porque podemos comenzar a mirarlo con otros ojos.

No para justificarlo. No para borrarlo. No para convertirlo en algo que no fue.

Solo para comprender que también hubo una mujer intentando encontrar su propia manera de caminar.

Y desde ahí puedo mirarte. Puedo mirarnos. Puedo reconocer que no todo fue sencillo.

Que hubo momentos luminosos y otros en los que tuvimos que aprender a encontrarnos nuevamente.

Pero incluso entre las sombras,siempre hubo algo que encontró la manera de permanecer: EL AMOR.

EL AMOR

Un amor imperfecto, humano. A veces cansado, a veces confundido; pero siempre NUESTRO.

Y hoy no miro nuestra historia solamente desde aquello que faltó, sino desde todo aquello que sí estuvo.

Desde la mujer que tuvo miedo y aun así siguió adelante. Desde la mujer que, mientras aprendía a sostener su propia vida, encontró la manera de abrirme un lugar en ella. Desde la mujer que hizo lo que pudo aún sintiendo la soledad, aún con el alma rota, aún desde su abismo.

Hoy puedo mirarte y no necesitar que nuestra historia sea distinta. Puedo quererla por lo que fue. Por lo que nos dio. Por lo que nos enseñó. Por aquello que todavía estamos aprendiendo.

Porque entre todo lo que fuimos, entre todo lo que nos faltó y todo lo que tuvimos, hay algo que también permanece intacto:

Tú estabas al principio de mi historia. Fuiste y serás la única constante.

Y esa es la forma más profundas de querernos. No necesitarnos perfectas. No necesitarnos sin heridas. No necesitarnos con todas las respuestas.

Solo reconocernos. Y agradecer que, a pesar de todo, seguimos aquí.

Tú y yo.

Con toda nuestra historia entre las manos, con todas las variables y las incógnitas.

Y quizá eso sea quedarse.

No permanecer inmóviles. No negar lo que dolió. No pretender que todo fue sencillo.

Sino elegir, después de haberlo visto todo, no soltarnos de aquello que todavía nos une.

Porque algunas formas de amor no necesitan ser perfectas para ser verdaderas. Algunas historias, aunque estén llenas de sombras, encuentran su propia manera de florecer.

Tú...

Mi constante

en una vida llena de variables.