A veces el estrés no llega como una tormenta.
Se parece más a algo que se va acumulando sin que lo notes: los hombros un poco más arriba, la mandíbula apretada, la respiración más corta, la atención saltando de una cosa a otra incluso cuando, por fin, ya no hay nada que resolver.
Seguimos.
Contestamos.
Organizamos.
Resolvemos.
Pensamos en lo que sigue.
Y el cuerpo sigue ahí, sosteniendo todo.
A veces significa darle al cuerpo un momento en el que no tenga que estar preparado para lo siguiente.
Un instante para volver a sentir la superficie que lo sostiene.
Para notar la respiración.
Para dejar que la atención regrese, poco a poco, al lugar donde estamos.
No siempre podemos quitar aquello que nos provoca estrés.
Pero sí podemos abrir pequeños espacios dentro del día donde no tengamos que cargarlo todo al mismo tiempo.
Un instante de Tierra y Alma. Presencia · Intención · Refugio